Estábamos en el Obregón, decantando unos finos y rechupeteando unos helados músicos, cuando apareció un panadero ilustrado intentando vendernos unas hogazas. Como rechazamos su oferta, me obligó a dejar constancia de ello en el dibujo. Además se vengó dándonos una profusa charla sobre el renacimiento italiano, la cúpula de Bruneleschi, el baptisterio de Giotto, los últimos días de Leonardo en Amboise… una chapa del tamaño del Duomo de Florencia. El panadero era tan pedante como yo, pero mas erudito.