Cuando la Ciudad empezó a enterrar fuera de sus iglesias

| Texto: José María Morillo
Durante siglos, en El Puerto de Santa María, la posición social también decidía dónde descansaban los muertos. Una sepultura en una capilla, cerca de un altar, estaba al alcance de quienes podían pagarla. Para los vecinos con menos recursos quedaban los espacios exteriores de las iglesias y las fosas comunes. A comienzos del siglo XIX, el traslado de los enterramientos a un cementerio general transformó aquella geografía de la muerte, aunque las diferencias sociales encontraron pronto otras formas de hacerse visibles.
Para comprender ese cambio hay que mirar primero hacia los templos. La Iglesia Mayor Prioral era un lugar de culto y también de enterramiento. Las sepulturas ocupaban su interior, en capillas y criptas y en el recinto situado junto a la denominada puerta del Campo, en la parte trasera de la basílica, lugar que han ocupado durante años hermandades para la guarda de los pasos procesionales. El recinto funerario de la Iglesia Mayor acogió, entre otras fosas comunes, la de las víctimas del primer puente de San Alejandro, que se hundió el mismo día de su inauguración, el 14 de febrero de 1778. Entre 111 y 413 personas, según distintas fuentes, murieron en aquella tragedia, una de las mayores catástrofes de la historia de El Puerto.
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