
| Texto: Verbigracia García L.
Todo comenzó en un lejano 1930. Por aquel entonces, la hermandad caminaba a la sombra del Nazareno como filial, procesionando un Crucificado que dormía entre los muros de piedra del Castillo de San Marcos. No tardarían mucho en volar solos. En 1932 decidieron independizarse, buscando refugio en esa capilla de la Prioral que hoy es santuario de rezos cotidianos. Pero la historia de la Misericordia no ha sido un camino de rosas; ha sido una carrera de obstáculos superada con el orgullo de quien se sabe depositario de un tesoro.
Tras el silencio obligado de la Guerra Civil, la hermandad tuvo que recomponerse de todo, incluso de la pérdida de sus papeles, redactando nuevos estatutos en el 42. Hubo momentos de corazón en un puño, como aquel 1947, cuando un decreto del Obispado obligó a devolver el antiguo Cristo a la hija del Duque de Medinacelia, la condesa viuda de Gavia y Valdelagrana —María del Carmen Fernández de Córdoba y Pérez de Barradas—, por aquel entonces propietaria del Castillo de San Marcos, antes de su adquisición por Bodegas Caballero.
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